martes, 5 de julio de 2011

CANÍBALES en PATAGONIA


Génesis 4:7
"Si hicieras lo bueno, ¿no serías enaltecido?; pero si no lo haces, el pecado está a la puerta, acechando. Con todo, tú lo dominarás"
Génesis 4:6-8

El libro del escritor patagonico Elías Chucair
donde narra las andanzas de los caníbales patagónicos

Cuando almorzar a tu prójimo es una opción para la vida

El canibalismo es de larga data entre los Seres Humanos. Fue practicado bajo la forma del ritual religioso, para implantar terror en pueblos dominados y con el fin de saciar el hambre en tiempos de hambrunas, lo cual no es sino, un intento de supervivencia desde los día del homo antecesor de Atapuerca de unos 700.000 años de antigüedad hasta fechas recientes. El término “caníbal” viene del nombre con que los Tainos conocían  a la tribu Cariba o Caribes, quienes tenían la costumbre de canibalizar sus víctimas según narran las crónicas hispanas de la Conquista.

En la Patagonia se sabe de actos caníbales ocurridos en tiempos de crisis bélicas. Se informa que los Mapuches, por ejemplo, durante la extensa Guerra de Arauco (1536-1883) que duró aproximadamente tres siglos, practicaron ocasionalmente el canibalismo impulsados por hambre extrema ocasionada por un estado de beligerancia permanente con tropas coloniales españolas. No fueron actos costumbristas ni rituales, sino desesperados deseos de vivir para continuar la lucha por su libertad. 


También se dijo que los indios fueguinos consumían carne humana pero nunca fue probada tal costumbre. Sin embargo, esta práctica reapareció con el tiempo, dentro de un contexto de violencia y desintegración socio económico de la región patagónica, que afectó a pueblos aborígenes, durante los primeros años del siglo XX posterior a la guerra contra el blanco.

Inmigrantes devorados en la inmensidad de las meseta patagónica

La primera denuncia formal sobre la desaparición de inmigrantes sirios libaneses en la Patagonia Norte a manos de bandoleros aborígenes, fue radicada en el desolado paraje de El Cuy por el ciudadano Salomón el Dahuk, el 15 de abril de 1909, quién para esa fecha,  se hallaba angustiado por la falta de noticias de su cuñado José Elías y un peón árabe Kesen Ezen, quién lo acompañaba en sus labores de intercambio comercial. El Dahuk  declaró apesumbrado que desde agosto de 1907 no sabía nada de su pariente.


Como para entonces los rumores de “turcos” –así se llama a los inmigrantes sirios libaneses en Argentina- desaparecidos en las mesetas rionegrinas se habían transformado en un clamor desesperado, el gobernador del Territorio de Río Negro Carlos Gallardo ordena al jefe de Policía Domingo Palasciano que proceda a investigar lo que estaba sucediendo. Por mandato suyo, le toco la misión al áspero comisario José Torino cuyo sable tenía fama de no escatimar filo a la hora de dar castigos a maleantes y vagos por igual.

Al mando de 10 efectivos "¿pa qué más? con estos me sobran" se dice que respondió cuando le advirtieron que era poca la tropa para enfrentar una banda de mas de cien individuos,  el comisario salió desde el Alto Valle del Río Negro al trote hacia el sur, sabiendo que lo esperaban días muy difíciles con temperaturas por debajo de 15 grados. 
Comisario Torino
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Caras y Caretas

Torino andaba complicado a la hora de iniciar la investigación porque nadie le decía nada, hasta que por algún rencor mal guardado o saturación,  llegó en su auxilio el testimonio del menor Juan Aburto – de 16 años de edad- quién se decidió declarar que: "un grupo de indios  venidos de Chile, andan matando mercachifles (comerciantes) pa robarles todo" y agregó, ya suelto de lengua, que había presenciado no menos de cuarenta asesinatos.

Con el panorama delictivo aclarándose, el comisario Torino tuvo una punta de ovillo donde aferrarse y rumbeó para las tolderías de los presuntos autores de los crímenes. Lejos estaba  de saber que se enfrentaría con una realidad espeluznante. Cuando por fin arribó a las tolderías de Macagua, lo abofeteó la realidad. 

Asociada a una banda liderada por el winka (cosa blanca u hombre blanco en lengua mapudungun) Pablo Berbránez, chileno, alto, rubio, de ojos verdes y elegante vestir de  negro, cuya función era nada menos que ser  Juez en Tolten,  cuyo poder era incuestionable entre los conas (guerreros) indígenas, se habían pasado de la raya al asaltar, asesinar y después, devorar a muchos sirios libaneses.

A Torino no le fue sencillo rejuntar a los presuntos asesinos, quienes al enterarse del operativo policial, habían salido "tuitos" al galope tendido a refugiarse en las sierras y parajes distantes. Pero con paciencia y astucia, prepotencia y vigor, los fue apresando a todos hasta tener maniatados unos 45 hombres y 8 mujeres a los cuales los mantuvo vigilados en el paraje Lagunitas. Posteriormente los condujo hasta el Fuerte General Roca donde se iniciarían el proceso judicial de los detenidos. 
Milicos territoriales apresando caníbales
Se los puede ver algunos boca arriba
tapados para aguantar el frío
Siendo amarrados con tientos
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Caras y Caretas
Los caníbales
Pedro Vila, Alberto Maripé, Hilario Castro y Juan Carrillo
(De izquierda a derecha)
Custodiados por un milico de la policia territorial
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Caras y Caretas
Mujeres caníbales
Fotografiadas en el fuerte Roca
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Caras y Caretas
Capitanejo Juan Cuya en custodia policial
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Caras y Caretas
Vecinos del fuerte Roca
Esperando la llegada de los caníbales
Fue un evento al que nadie quiso estar ausente
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Caras y Caretas

Al llegar, el comisario Torino debió afrontar cargos por abuso de autoridad de parte de los presos,  que lo llevaron a la cárcel por cuatro años. Efectivamente, aunque el lector le parezca increíble, ya en esos días, los delincuentes conocían muy bien las leyes y derechos que les correspondían.

Con el Comisario en el calabozo, compartiendo horas con quienes había apresado, la comunidad sirio libanesa, asombrada y airada más tarde, salió en su defensa aportando dinero y abogados en un intento por ayudarlo. Así de agradecidos estaban estas personas con el policía a diferencia de las "autoridades" territoriales a quienes no le gustó nada que Torino desmantelase la actividad del mayor grupo delictivo por entonces, en el norte de la Patagonia.

Siempre hubo tranza en Argentina

Torino debió afrontar vejámenes por haber hecho bien su trabajo mientras que los procesados fueron liberados por faltas de pruebas. Y mientras los asesinos de árabes recuperaron la libertad, el comisario quedo encerrado junto a prisioneros que al reconocerlo, le hicieron la vida imposible sin que ningún funcionario gubernamental saliera a protegerlo ¿por qué?

Tal parece que Torino tuvo la mala suerte de arruinar el comercio espurio de algunos poderosos que estaban en el poder. Se deduce por las pruebas preservadas, que los mapuches chilenos no habrían actuado por propia iniciativa sino que fueron la punta de lanza de una organización internacional dedicada a comerciar en Chile productos robados en Argentina. 

Robar a los inmigrantes era un buen negocio "total ¿quién va a reclamar por estas pobres personas?" Pero se equivocaron, si que hubo reclamos y creció el escándalo en tiempos donde, la ciudad más grande del norte de la Patagonia no era sino, un grupo de casas apiñadas junto a la rivera de un gran río y que se llamaba Carmen de Patagones, como a 700 km hacia el este.

Chucair comenta que más de 50.000 lanares cruzaron la frontera hacia el país vecino, y que nada de lo sustraído a los árabes se recuperó. Refuerza la idea que estas gentes eran manipuladas y la continua visita de un juez chileno a territorio argentino para contrabandear mercaderías a lomo de mulas, muchas de ellas robadas a los asesinados es prueba de que existía corrupción en el poder. Y este se valió de los excesos de Torino al recopilar testimonios. 


Se lo acusó de torturar a varios detenidos de modo tan brutal, que no hubo modo alguno de tapar su proceder. Pero hay que recordar que tales prácticas eran "normales" en esa época. Sin embargo a Torino le toco "comerse un garrón" (chivo expiatorio) no tanto por pegar sino por arruinar las mensualidades de quienes lucraban a escondidas.
Elías Chucair
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Gentileza 
Diario El Popular 
de Olavarría, provincia de Buenos Aires
Argentina

Antonia Gueche, alias Macagua, ex soldado del Ejército Nacional y bruja patagónica

Si Nueva Orleans tuvo a las dos Marie Laveau (madre e hija) y  Escocia a las brujas de Berwick, Patagonia también tiene que tener una bruja con fama. Quizás, la de mayor renombre sea Macagua, apodo con el que se conoció a Antonia Gueche, una mujer de gran personalidad que no dudó en vestirse de hombre, para dar de alta entre las tropas que combatían a los indios en el sur de Argentina.

Una vez conquistado el extremo sur del país, muchos soldados fueron licenciados sin más premio que algunos pocos pesos. Quizás Macagua fue una de esos servidores que, dados de baja y sin un peso, no tuvo opción que dedicarse a la hechicería y al robo para ganarse la vida. Eso no se sabrá nunca porque hay poca información sobre esta parte de su vida.


"Papeleta" Argentina 
con la cual algunos prueban, que Macagua fue miembro del Ejército Nacional
que luchó contra los indígenas del norte de la Patagonia
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Macagua no era una machi (bruja) cualquiera. Tenía poder y mucho. Era tan poderosa que, se dice, logró influir en las determinaciones del comisario Torino quién la dejó escapar. Fue la única de más de cien detenidos de la banda caníbal que lideraba como testaferro de poderosos anónimos, a la que no alcanzó la "mano" de la justicia. También se dice por ahí, que murió enferma entre grandes dolores como castigo cruel, de parte de Dios, por andar haciendo tanto mal sobre la Tierra. A mi se me hace que murió sola y triste en algún rancho frío, olvidada por todos, hasta por el mismo Gneguechen (Dios creador y tutelar mapuche).

Mientras lideró con mano firme y "espiritualmente" a la banda caníbal, asombró con la crueldad y paganismo de sus prácticas. Cortaba, por ejemplo, el pene y los testículos de los árabes capturados y también les arrancaba el palpitante corazón, para disecarlos y elaborar preciados amuletos y hechizos. Luego, cortaba algunos trozos "blandos" de las víctimas y los asaba para más tarde comérselos. Algunos testigos narraron que Macagua usaba además,  huesos humanos para realizar hechicerías "fuertes", con los cuales asegurarse éxito y protección.

A esta práctica de "almorzar prisioneros" convidó a unírsele a todo el resto del grupo, que aceptaron comer la carne del prójimo  más que nada, por miedo a las brujerías -era gente muy supersticiosa- o bien, por obediencia debida, a saber. Lo cierto es que, un capitanejo -líder del grupo- apellidado Cuya confesó más tarde haber adquirido el hábito de desayunarse al alba, con "filetes" de turcos recién carneaos.
Los caníbales 
Alberto Maripe y Pedro Vila
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Caras y Caretas

¿Por qué se comieron algunos “turcos” estos indígenas y mestizos desarraigados?

Los líderes que secundaban a Macagua como Pedro Vila, Juan Cuya –cuñado de Berbránez el juez de Tolten y quien declaró que le gustaba desayunar con filetes de “turcos”- Hilario Bustos y Benigno Muñoz entre otros, se contradecían  a la hora de explicar el por qué tanta violencia. Sí coincidían en asegurar que comieron personas  porque “los demás lo hacían incitando al resto” a instancia de Macagua. 

Parece ser que estos actos de canibalismo, lejos de corresponder a algún acto de supervivencia o ritual religioso, ocurrieron solo como parte de la complejidad de la conducta de mentes criminales. Algunos testigos narraron que Macagua usaba huesos y restos humanos para realizar hechizos, con los cuales asegurarse éxito y protección a la par que los corazones y órganos genitales.

Cabe recordar que, durante la mayor parte de la guerra de los mapuches contra los winkas, estos batallaron bravamente pero nunca se supo de comportamiento semejante a no ser, las sucedidas en Arauco cuya justificación es el hambre.

Llama la atención el perfil criminal de la mujer llamada Macagua, quienes los mismos detenidos la sindicaron como líder. Según contaron algunos presos, cuando el delincuente Marcelo Loncón decapitó al “turco” Emilio "porque le había llegao la hora", la mujer le abrió el pecho mientras la sangre aún saltaba de las arterias del "cogote" con una cuchilla, sacándo el corazón "limpito" para hacer más tarde, magia de la buena.  Con la ayuda de un tal Zañico, al rato,  partió el cadáver en dos pedazos a la altura de la columna vertebral y hachó las costillas las que asó y comió "al mediodía". 


Macagua sin duda, fue una mujer excepcional que bien vale la pena un trabajo de recuperación histórica. Es posible que, estando en el ejército, haya conocido gente que después la secundó en sus actividades y como bruja, habrá "ayudado" a incontables familias en tiempos donde la medicina era prácticamente inexistente y solo reservada para los más ricos. En esos menesteres habrá entrado en contacto con poderosos de tuno a los cuales hizo favores.


Antonia Gueche desapareció en un manto de leyendas que la refieren asesina, sádica y capaz de matar a sangre fría. En esos días de tanta violencia campestre, hubo innumerables crímenes en los campos argentinos. Más de cien años de guerra civil y luego, contra los indios, endureció de tal modo a los habitantes de los campos, que eran capaces de cualquier cosa a la hora de sobrevivir. Queda la duda para quien o quienes trabajó Macagua, ya que es indudable que fue parte de una banda muy grande dedicada a lucrar con el robo de ganado y mercaderías. 


Hoy día, con las hechicerías siendo reivindicadas como un derecho a la libre expresión de ideas ancestrales, vale la pena recordar que todo exceso, termina a la corta o a la larga, en este tipo de criminalidad. Nunca más hubo en Patagonia, después de este hecho, canibalismo masivo.


(C) Marc Pesaresi








Bibliografía consultada

Chucair, Elías: PARTIDAS SIN REGRESO de ÁRABES EN LA PATAGONIA; Ediciones del Cedro; Buenos Aires; Argentina; Tercera Edición; Agosto 2000.-
Haurie; Virginia: MUJERES EN TIERRA DE HOMBRES –HISTORIA REALES DE LA PATAGONIA INVISIBLE; Ediciones Carena; Argentina.-
Fulvi; Juan Nilo: LA MATANZA DE TURCOS EN LAGUNITAS: UN FINAL DE PELÍCULA; Agencia Periodística Patagónica.-